Romance científico

Nina Power

Conceptual romance is on my mind
I call it abstract romanticism
Conceptual romance is you
It's you and I
It's you and I

Jenny Hval, ‘Conceptual Romance’

¿Es posible enamorarse de los conceptos? ¿Puede el arte entenderse como una fascinación romántica por los conceptos, a través de la cual se les otorga nuevas y más profundas formas, de tal manera que entendamos mejor lo que el concepto trataba de decirnos desde un principio? No es la ciencia también una romantización del concepto, en una suerte de competición con el arte por el corazón del asunto, de una u otra materia, o, más bien, por el corazón de la materia en sí? El pensador francés Gastón Bachelard (1884-1962), uno de los pocos capaces de penetrar hasta el corazón tanto de la ciencia como de la poesía, dedicó el trabajo de su vida a entender los obstáculos al pensamiento que nos encontramos en nuestro camino hacia las ideas. Estamos obsesionados, pensaba él, con imágenes particulares, metáforas, analogías. No podemos evitar pensar en términos de objetos de mediano tamaño y de cosas familiares. Cuando lo que más deseas es un osito de peluche, el mundo entero comienza a parecerse a un osito de peluche…

Nos quedamos atrapados en deleites fáciles. Glorificamos la naturaleza y su rica diversidad, sin ser capaces también de entenderla en términos abstractos. Según Bachelard, si somos capaces de superar los obstáculos y rastrear la formación del espíritu científico, nos moveremos entonces del estado concreto al estado concreto-abstracto para finalmente alcanzar el estado abstracto. 1 En este proceso, conseguimos desplazarnos desde una masa de imágenes complejas y sobrecogedoras hacia formas cada vez más abstractas—sumando en geometría y simplicidad, y, en última instancia, separándonos de la experiencia inmediata e incluso comprometiéndonos con una “polémica abierta con la realidad primaria”. Si todo esto suena severo y reduccionista, no debería ser así. Como explicaba Fernando Pessoa (hablando a través de Álvaro de Campos): “El binomio de Newton es tan bello como la Venus de Milo, pero hay menos gente que se dé cuenta”.

¿Deben el arte y la ciencia seguir viéndose el uno al otro con envidia y recelo, el uno armado con el pincel (o una computadora) y el otro con el bisturí (o una computadora)? ¿Por qué corazón, o alma, están compitiendo exactamente? Si ambos, arte y ciencia, se reivindican a sí mismos como modos superiores de conocer del mundo—sea lo que sea lo que queramos decir con ‘conocer’—, entonces, ¿quién, o qué, es su pupilo? El arte hoy puede mantenerse al margen de torpes demandas externas como las de pedagogía, significado o conocimiento, y por el contrario referirse a las verdades inmanentes que genera—conocemos algo cuando lo vemos/sentimos/oímos—, pero lo cierto es que hay lugar para cierto compatibilismo. ¿Pero no podemos hablar también de un romance? No deberíamos entender el arte ni la ciencia en su estricto sentido disciplinario, sino en los sentidos vastos, románticos, que podemos encontrar en iteraciones anteriores entre sus respectivos propósitos y alcances. El término alemán Einfühlung, acuñado por Robert Vischer en 1873 y traducido al inglés como ‘empathy’ (‘empatía’), significaba en origen la proyección de sentimientos humanos sobre el mundo natural. Popularizado de la mano de Theodor Lipps (1851-1914), partidario de Freud, el término se usó en el sentido del examen empírico de la psicología de la respuesta estética. Einfühlung literalmente significa intrasentimiento, un ‘sentir para dentro’. En el trabajo de Vischer, Einfühlung describe el proceso por el cual se transfieren sentimientos humanos a cosas inanimadas, plantas, animales u otros humanos de una manera específica. Por lo tanto, Einfühlung une la experiencia humana con la experiencia de un objeto de tal manera que esa experiencia deja de parecer propia y se siente como perteneciente al objeto.

Es interesante anotar que los casos paradigmáticos originales de empatía se daban con objetos inanimados, incluyendo obras de arte ‘expresivas’. Una vez que la empatía se convirtió en el objeto de estudio de la psicología y la moral, las personas pasaron a protagonizar los casos paradigmáticos. Tal y como apunta David Depew: “a excepción de algunos animales ‘superiores’, principalmente mascotas, las personas parecen ser hoy los objetos exclusivos de empatía. En la teoría original, la empatía reconoce que los sentimientos que profesamos sobre los demás son en realidad sentimientos propios; en su nuevo significado, la empatía se refiere a nuestra habilidad para identificarnos con los demás al ponernos en contacto con los sentimientos que éstos tienen.” 2

¿Qué pasaría si retrocediésemos a esta acepción previa de la empatía con el fin de encontrar un vínculo entre arte y ciencia, cambiando para mejor nuestra manera de entender el mundo desde el punto de vista de los objetos (naturales y estéticos) en los cuales nos sentimos? ¿Qué nuevas realidades podrían emanar de este proyecto? Algo cristalino, algo bello, algo colorido, algo abstracto, algo seductor. ¡Enamorarnos de los objetos y de sus conceptos—un sueño encantador!


Referencias


  1. Gaston Bachelard, The Formation of the Scientific Mind: A Contribution to a Psychoanalysis of Objective Knowledge, trans. Mary McAllester Jones (Manchester: Clinamen, 2002 [1938]), p. 20. 

  2. David Depew, ‘Empathy, Psychology, and Aesthetics: Reflections on a Repair Concept’, Poroi, Vol. 4, Issue 1, 2005, p. 102. 

Nina Power is a cultural critic, social theorist and philosopher. She teaches philosophy at Roehampton University (London) and critical writing in art and design at the Royal College of Art (London). She is the author of One-Dimensional Woman (Zero Books) and has served as co-editor of Alain Badiou's On Beckett (Clinamen).